Regresé el 15 de agosto, actualmente estamos a 3 de noviembre, a unos días de que sean 3 meses. En este tiempo de regreso a casa me he dado cuenta de tantas cosas, en su mayoría decepcionantes.
Una de las razones por las que estaba emocionado por regresar fue volver a conectar con las amistades viejas de las cuales llegué a distanciarme; quise decir sí a todos los planes que vinieran saliendo, incluso los que no me agradaran.
En Barcelona pude conocer gente de todo tipo: buenas personas, viajeras, intrépidas, divertidas, amables, inteligentes, pero al final es gente muy pasajera. Claro que creo en las amistades en las que se les da continuidad y se forjan lazos que en pocos casos son eternos, pero en mi situación es muy complicado lograrlo; por más que me gustaría, a veces no sé ni qué decir, lo cual me hizo pensar en mis viejas amistades, con las que ya tenía un lazo y que realmente son personas especiales. Pero no todo salió como lo esperaba.
No puedo negar el cariño que le tengo a mi gente; hemos pasado cosas muy divertidas todos juntos, me han abrazado en momentos difíciles y escuchado, hemos pasado desgracias también, pero así es la vida, ¿no? Vivir de experiencias no siempre buenas, tampoco siempre malas, pero que creen recuerdos que al mirar al futuro te hagan pensar: por eso seguimos aquí y por eso seguimos siendo amigos.
El problema es mi falta de sentido de pertenencia a un lugar. El hecho de buscar viejas amistades no significó nada más que un mundo en el que ya no quiero estar; ya viví la experiencia de la toxicidad social en la que la salida o refugio son los vicios. Jamás satanizaré, pero mi forma de vivir esas experiencias siempre fue y seguirá siendo, mientras no lo controle, una de las mayores desgracias de mi vida.
Cuando hablo de desgracias, realmente me refiero a una parte que considero demasiado obsesiva, ansiosa y deprimente de mí; hay detalles que a la fecha sigo recordando y que llevo arrastrando por años. Nadie cree que sea para tanto, nadie piensa como yo. “Yo no soy así”, “no creo haber hecho eso”, “discúlpame”; todavía tengo nubes negras en las que la falta de memoria ha sido mi mejor aliada para no creer lo que dije o hice.
Ahora, retomar mis viejas amistades no significó más que volver a caer en ese mundo; no era feliz, pero no tenía de otra. La fuerza de voluntad es para quien quiera tenerla; yo no he querido ni quiero. Mi voluntad la uso para otras cosas, como poder lidiar con mi soledad. Así es, estoy solo por voluntad propia.
La soledad, tanto que presumo vivir feliz de esta soledad, pero como dicen, todo en exceso es malo. Quise apartarme, quise volver a negar salidas, volver a negar que me visitaran, no quise ver a nadie; ya tarde me di cuenta de que en realidad nadie me estaba invitando a hacer algo.
Me enfermé, nada grave, una gripe de esas que te hacen darle la mano a Dios, pero meh, al final una gripe. Cinco días estuve encerrado en casa, lo de siempre. Logré darme cuenta de otra cosa: la soledad en la enfermedad te hace sentirte más enfermo. La mente es tan poderosa que una mano amiga motivacional sí es un gran remedio, pero no la tuve.
Cuando me recuperé, tenía esa carga emocional. Pensé que sería bueno volver a salir y, como era de esperarse, otra vez a buscar un bar, buscar ese refugio tóxico. Puede que para muchos sea divertido, pero para mí no lo es; no es divertido convertirme en el monstruo que todo el mundo me ha dicho que soy. Pero aquí estoy de nuevo, en un bar, con la carga emocional a tope y alcohol de por medio, justo para encontrarme con mi última pareja, la única persona que me hizo sentir acompañado desde que regresé de mi viaje. Creo que todo explotó en el momento que la vi.
No es una historia para hablar sobre ella; era lo que esperaba, pasó exactamente lo que esperaba que pasara y no, no era nada bueno para mi estado emocional. En ese momento comprendí: esto no está bien, me está llevando a un camino en el que no quiero estar, un camino que ya conocía, pero en el que estaba acompañado. Esta vez tomaba ese camino solo y, aun así, parecía que me aferraba a llegar, y lo logré. No sé si realmente sea depresión, nunca me ha gustado pensarlo porque soy un macho alfa, pelo en pecho, lomo plateado, barba de leñador, pero tanta gente que se autopercibe de la misma manera incluso se llegó a quitar la vida; no podía menospreciar esto que estaba pasándome.
Busqué ayuda, admití mi problema, a la fecha sigo batallando. Decidí nuevamente alejarme de mis amistades; no me estaban llevando a nada bueno por mucho que los quisiera. Decidí acercarme un poco más a mi familia, decidí buscar proyectos que ocupen mi mente, tratar mi estado con gente que pueda apoyarme profesionalmente y, aunque sea para sanar mi alma, decidí cumplir con las promesas que alguna vez le hice a mi expareja para poder retirarme como siempre quise ser con ella: un caballero.
Estoy en este proceso, me ha sido muy difícil lidiar con todo, salir a la calle y fingir que emocionalmente está todo bien. Me estoy victimizando mucho, lo sé, pero el mundo está rodeado de víctimas; lamentablemente muchos toman otras decisiones que dañan aún más sus vidas. También soy consciente de que hay gente con mayores problemas: hay gente con hambre, gente que vive con violencia, gente que ha perdido algún ser querido, gente que tiene pasados que los siguen atormentando, gente que no sabe cómo salir adelante, gente vacía, gente fría, gente sin emociones, gente mala… pero nunca hemos de despreciar las emociones de nadie. No considero que un problema sea mayor que otro, así como la persona que perdió a sus padres en un accidente y lo dejó solo y logró salir adelante, así está la persona que decide quitarse la vida por perder a su mascota. Jamás experimentaremos las sensaciones de cada persona; nadie sufre igual a otro. Si alguien se abre para contarnos cómo se siente, hay que abrirnos a la posibilidad de que realmente puede estar sufriendo y no está de más que, si alguien nos importa, preguntarle de vez en cuando “¿Cómo estás?”.
Me han recomendado escribir lo que siento y escribir me gusta. Todo esto me ha pasado en poco menos de 3 meses. Es increíble el sube y baja de emociones que puede experimentar una persona. Un día estás bien, sentado viendo películas, disfrutando lo que tanto presumes saber disfrutar, que es la soledad, y al otro día ruegas a la vida por un mensaje de alguien preocupándose por ti.
Odio que me digan que la vida es para disfrutarse; créanme, sufrir también es vivir. Somos emociones, somos experiencias, somos seres humanos.