Polonia.

Soy el maestro del mal timing, donde estamos a punto de convertirnos en una tumba planetaria, para retomar mis aventuras abordando la Segunda Guerra Mundial como tema principal. ¿Quién sabe? Probablemente en unos años escriba sobre la Tercera Guerra Mundial cuando me salga un tercer brazo por la radiación de una bomba.

Pero basta de chistes negros (y probables). Ahora me encuentro en Londres, ando sentado en mi estudio, una habitación pequeñita pero suficiente para maldecir lo que voy a contar.

Oh, esta humanidad, tan llena de odio. A estas alturas yo creo que ya existen más personas que odian a personas que aman. Ya no sé qué tanto vale la pena hacer la diferencia, pero lo seguiremos intentando.

Mucho drama para empezar a contarles de mi experiencia en Polonia, otra aventura en la que quise ser lo mayor respetuoso posible, pero que me llenaba de impotencia, como cuando vemos esas películas en las que sabemos que algo similar pasó y que la injusticia y el odio pudo más que la propia humanidad.

Hasta parece que hablo de tiempos modernos, aunque sí, realmente tiene 86 años. No está lejos de la contemporaneidad la Segunda Guerra Mundial.

Hablo de este viaje a Polonia ya que, sí, esa fue la razón por la que fui. No me avergüenzo en decirlo. He viajado a muchos lados con propósitos diferentes y, en realidad, la difusión de este tema es muy aprobada por las víctimas, ya que quieren que se sepa lo que realmente pasó para que no vuelva a pasar (pobres ilusos).

Llegué en verano. Nada me preparaba para el horrible calor de Cracovia y a decir verdad no me esperaba una ciudad tan hermosa. Curiosamente, Cracovia es una de las zonas donde pasaron las cosas más atroces pero que mantuvieron los edificios y construcciones intactos. A diferencia de Varsovia, la capital que fue completamente destruida, Cracovia aún conservaba su historia arquitectónica.

El día que llegué a Cracovia me estaba preparando para un movimiento emocional fuerte, pero agradecido de poder estar ahí. Fui a ponerme de buenas con una cerveza polaca y a llenarme la barriga. Solo Dios sabe qué fue lo que pedí, pero estaba delicioso (era una especie de milanesa).

Era hora de adentrarnos en una de las historias más tristes de la humanidad, acercándonos a lo que era uno de los pueblos judíos más grandes del mundo. Una caminata por el barrio lleno de sinagogas, un cementerio judío, así como arquitectura judía y monumentos erguidos por la guerra y sus víctimas. Saben que no entro mucho en detalles, son experiencias que, si quieren conocer más, lean acerca del tema, que está lleno de información al respecto. No lo digo por egoísta, lo digo porque qué flojera darles un contexto que ya todos sabemos. En fin, un dato curioso es que una parte específica de Cracovia llamada Kazimierz fue usada para escenas míticas de la película La lista de Schindler, ya saben, gringos sacando provecho de tragedias desde tiempos inmemoriales.

Sin duda una caminata muy emotiva que te hace reflexionar y dimensionar cómo puede un pueblo verse obligado a dejar todo lo que le pertenece por el odio racial, religioso, étnico, etc. Qué vergüenza como humanidad.

Al día siguiente, no quiero llamarlo highlight del viaje, un lugar como el que estaba a punto de visitar no es parte de los “deberías visitar”, más bien es de los“nunca debió existir”, pero existe. Es parte de la historia y los polacos lo saben muy bien. Hablo de Auschwitz-Birkenau.

Me preocupa un poco la insensibilidad con la que mucha gente (me incluyo) visita este lugar. No hablo de faltas de respeto ni falta de indignación, hablo de esa frialdad en la que después de tantos años seguimos viendo los mismos actos atroces y ya ni nos inmutamos. Al menos yo, como mexicano, la crueldad de ese lugar no es algo que me sorprenda; el volumen, sí. Más de 1,000,000 de personas fueron asesinadas ahí.

Auschwitz-Birkenau fue un campo de concentración que se encuentra intacto y se conserva como museo ya que las mismas familias polacas estuvieron de acuerdo en que se mostrara al mundo. Sé que esto ya lo dije, pero enfatizarlo es importante ya que no quiero que esta aventura se interprete como morbosa o curiosa (bueno, curiosa sí lo fue), que tampoco está mal mencionar lo mucho que me apasiona el tema.

Creo que aquí sí debo poner un poco de contexto: Auschwitz era un campo de concentración, esto quiere decir que explotaban de trabajo a los prisioneros, en su mayoría judíos. Por otro lado estaba Birkenau, que era un campo meramente de exterminio, donde no tengo que ser muy explicativo para la palabra exterminio; era lo que era.

El museo, porque sí, ahora museo, está lleno de artículos auténticos de familias que vivieron esos horrores. Una parte sí llegó a tocar fibras sensibles de mucha gente que estaba ahí y esa frialdad y falta de sensibilidad se disipó cuando entramos a un cuarto donde se encontraban los zapatitos de toda la gente, incluidos niños, que habían perecido en ese lugar. Aquí sí, amigos, se me hizo un nudo en la garganta, mucha gente no pudo resistir y naturalmente se pusieron a llorar.

Es triste, verdaderamente muy triste ver que como humanidad no hemos aprendido nada y no hablo de decisiones de gobierno, no hablo de políticas, no hablo de decisiones de pocos que afectan a muchos… No, hablo de la sociedad. Estamos pudriéndonos cada vez más. Hay bastante odio irracional. Yo jamás podré entender cómo puedes odiar a alguien por su religión o su color de piel, pero el destino no va a cambiar, esto no va a parar. Jamás diría palabras esperanzadoras viniendo de alguien que ni siquiera lo predica. La objetividad es una poderosa arma, te muestra la realidad y cómo enfrentarla y, sí, ser consciente de la podredumbre social a veces te motiva a ser mejor persona.

Pero bueno, ya di mi crítica social que nadie pidió, como la de los manifestantes. Es hora de continuar.

Vamos a amenizar un poco el alma y los oídos. Saben que viajar a Europa (porque sí, aunque sea Europa del Este, sigue siendo Europa) es fresear con música clásica como Vivaldi en Venecia o Beethoven en Austria (o Bonn). Pues era hora de Chopin en Polonia, compositor y pianista. La verdad mi ignorancia sabía de su existencia pero no de que era polaco y cuando me enteré fui muy feliz. Así que, claro, fui a un concierto de piano donde interpretaron sus canciones. Qué deleite, pero qué calor.

Siguiendo con el despeje mental de los horrores, la violencia y el odio, me tomé un día entero para visitar un lugar que se presumía mucho: las minas de sal de Wieliczka (es bien difícil escribir los nombres en polaco). A decir verdad, maravilloso pero aburrido. Es de esos lugares que vale la pena visitar, lamer las paredes, comprar un gatito salado como souvenir, entender cómo eran los trabajos de minería adentro e irte. No me gusta mucho la sal.

Para no verme tan ignorante, les dejaré unos datos de esas minas que saqué de internet (porque sí, obvio que cada que escribo reviso que lo que digo no sea pura tontería sacada de mi imaginación (a veces)):

  • Fueron creadas por la naturaleza hace 15 millones de años.
  • Llevan en explotación más de 800 años, desde el siglo XIII.
  • Las visitan cada año más de 800,000 personas.
  • El ser humano accedió a ellas por primera vez en el siglo XV.
  • La Unesco las declaró en 1978 Patrimonio de la Humanidad.
  • Se componen de más de 300 kilómetros de galerías, 3,000 cámaras y 9 niveles.
  • Para adentrarnos tendremos que bajar 378 escaleras.

Pero bueno, volvamos a la tragedia, muerte y destrucción.

Siento la insensibilidad, pero en la tragedia siempre he pretendido darle un sentido humorístico a la situación, aunque a algunos no les guste, me vale.

Como les platiqué, la película La lista de Schindler estuvo basada en la historia de Oskar Schindler, un empresario alemán miembro del partido nazi que salvó la vida de aproximadamente 1,200 judíos manteniéndolos de forma protectora en su fábrica de utensilios de cocina. No contaré su historia, solo encarecidamente recomiendo la película, es muy buena (aunque a estas alturas muy básica). Pero bueno, esta fábrica se encontraba en Cracovia y se decidió levantar un museo conmemorativo de esta fábrica.

El concepto era muy histórico. Este museo no pretendía ocultar los horrores del régimen nazi; al contrario, estaba ahí para mostrarnos tanto las figuras importantes, la propaganda que se utilizaba, información de generales, guetos, campos de exterminio y concentración. Era muy informativo, sin ocultar nada y eso le había dado, para mí, un buen elemento que me aportó mucho aprendizaje (aunque ya se me olvidó todo). Y como dato curioso, la guía era familiar de una de las personas que salvó Schindler y eso le daba mucho toque de autenticidad al recorrido.

Era hora de irnos a la capital de Polonia, Varsovia.

Me recibió un tormentón de esos del mal augurio, pero aquí no somos supersticiosos. Fue un día de llegar al hospedaje, ser estafado por un taxista y comer DELICIOSO. Eso sí, es algo que no he comentado: la comida polaca es DELICIOSA, en especial esa sopa con nombre de Pokémon llamada żurek. Te amo, żurek.

Dos noches en Varsovia, dos noches fueron suficientes para terminar de sorprenderme (porque aún no me sorprendía lo suficiente) de las atrocidades del régimen. Mi primera noche, como bien conté, fue para comer esa sopita pokemonezca. Para al día siguiente levantarme a dar un tour por el barrio judío de Varsovia. Calles limitadas por muros en donde concentraban a los judíos, los famosos guetos. La ciudad era completamente nueva por la destrucción, pero el piso aún tenía esas demarcaciones que indicaban que ahí hubo un gueto. Uno que otro edificio auténtico, viejo, destruido pero conmemorativo y la historia en la memoria de las familias que vivieron o perdieron a alguien en la guerra.

Realmente no estaba preparado para lo que estaba por vivir. Había un lugar en específico que no era muy conocido pero que probablemente haya sido uno de los lugares más sanguinarios y crueles. Hablo del campo de Treblinka, un campo específicamente de exterminio, en medio de un bosque donde al caminar por ahí se sentía una energía difícil de descifrar entre paz y exterminio. Estaba parado en un lugar donde hace 85 años la gente llegaba y en cuestión de 15 minutos ya no existía. Fue la primera vez en todo el viaje que no lo lograba asimilar. Estaba mentalizado para Auschwitz, para los guetos, para barrios destruidos, pero no para algo así. Recuerdo haberle dicho a mi guía que me dejara solo. El lugar prácticamente vacío, solo mi guía y yo, y le pedí que me dejara solo. No lo concebía: árboles, mariposas, pasto verde, aroma a vida en un lugar donde hubo tanta muerte. Honestamente fue una forma demasiado emotiva para concluir mi viaje.

No hay mucho que decir para concluir. Los tiempos que estamos viviendo donde la incertidumbre se inclina hacia las malas noticias, donde no aprendimos nada del pasado o quizás en el futuro aprendamos de los errores del presente. ¿Al finalizar la guerra la humanidad llegó a pensar que vendrían tiempos de paz? Lo único que podemos hacer es dejar de envenenarnos con lo que pasa en el mundo, esa toxicidad informativa de si un país atacó a otro. Sé que no sueno muy empático con las víctimas de los sucesos actuales, pero no puedo evitar pensar que si yo me preocupo por ellos, ¿quién se va a preocupar por la gente que quiero y amo?

Los amo. <3

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