Un lugar rodeado de paisajes montañosos, actividades al aire libre, frío y con un delicioso chocolate… No, no es Suiza, es aún mejor porque no hay nada como el recibimiento latinoamericano. Me refiero a la ciudad patagónica Bariloche.
Todo el mundo me preguntaba, cuando les platicaba de mi aventura por Argentina, si iría a Bariloche. De hecho, decidí venir aquí por esa insistencia abrumadora, pero siempre es bueno seguir consejos porque el haber estado aquí fue muy hermoso. Ya no diré que de lo más hermoso porque me la paso enalteciendo todo lo nuevo que visito, pero siempre he sido de justas razones.
De entrada, nuevamente quiero hacer su mención de honor al precioso Airbnb donde me hospedé. Créanme, si hubiera estado todos los días que visité Bariloche en el Airbnb, lo hubiera disfrutado mucho. Su vista ya se convertía en un viaje aparte. De hecho, hubo momentos donde imaginaba vivir ahí e incluso me imaginaba las tragedias como un deslave y ¡ámonos a nadar por el lago congelado!
Avancemos con mi itinerario:
11 de diciembre.
Llegar a Bariloche era saber que debía, casi de forma obligatoria, probar las diferentes presentaciones y marcas que hay de chocolates. Así que, como buen obeso, fue lo primero a lo que me dirigí. Claro que el camino del hospedaje al lugar donde cometería el atroz crimen de comer hasta empacharme incluía implícitamente una caminata por la hermosa ciudad llena de hoteles, boliches (así le llaman a sus discotecas), pendejos (así le llaman a los jóvenes) y restaurantes.
Mamuschka es el nombre de esta renombrada chocolatería donde, al entrar, lo primero que te llega al alma es el olor a chocolate; lo segundo, su ambientación muy característica que, en mi ignorancia, diré que puede tener alguna relación arquitectónica con los rusos; la tercera es que a la vista esas estanterías llenas de chocolates de diferentes tipos, colores e incluso sabores, cacao, amargos, trufas, bombones, etc., todo un paraíso azucarero y diabético; y cuarta, porque además de goloso soy doblemente goloso, esos ángeles que te servían el chocolate y te atendían muy amablemente (si saben a lo que me refiero). Pero bueno, ¡basta! El punto es que sí, comí mucho chocolate, sí me enfermé de la panza y sí, claro que lo volvería a hacer.
Terminando el atasque, fue momento de regresar al hospedaje porque nos espera un buen y largo día al día siguiente.
12 de diciembre.
Paisajes, paisajes y más paisajes. Me pregunto, ¿habrá quien se canse de tanto paisaje? Otra de las rutas más habladas en Bariloche para llegar a un destino peculiarmente maravilloso es la ruta de los 7 lagos, que, como su nombre lo indica, es una ruta de 7 lagos (jajaja) para llegar a San Martín de los Andes. Esto es sencillo: agarrar tus chivas, subirte al transporte y disfrutar el camino. En estos casos no aplica el “me duermo en lo que llegamos” porque sí, el destino es hermoso, pero el camino es ESPECTACULAR. Aquí aplica al 100% el dicho que dice, “no es el destino, es el camino”. En cada lago nos deteníamos para disfrutar un rato de cada maravilla natural que nos regala la naturaleza, aunque a decir verdad, y si mi memoria no me falla, creo que fueron menos de 7 lagos. Pero en fin, al llegar a la última parada nos encontramos en San Martín de los Andes, un hermoso pueblito para descansar, comer, disfrutar el paradisiaco clima patagónico, más y más paisajes (por paisajes nunca pararemos en Bariloche) y un lago, donde quizás este último no lo conté. El recorrido es ese; ahora, ya visitado, tocaba el regreso por la misma ruta y mismo paisaje (no es queja).
13 de diciembre.
Otro recorrido, pero ahora no es que el destino no fuera maravilloso, fue que el recorrido te rompe la espalda, pero bueno, gajes de viajero. El Monte Tronador, otro espectáculo visual, un glaciar, hielo y mi favorito, un refugio de aventureros completamente armonioso y paradisiaco. No hay mucho que decir, más que observar, ni siquiera creo que con palabras pueda describir la belleza natural, es más, ni en fotos… pero lo intentaré.
14 de diciembre.
Lamentablemente, en este día, por causas que no estaban en nuestras manos, el tour operador nos canceló las actividades de este día. Pero, para sorpresa, creo que fue algo muy bueno para nosotros ya que, un día antes, conocimos a quien a día de hoy se convirtieron en unos de mis más grandes amigos argentinos (porque he de presumir que hice muchos amigos allá) y pasamos ese día con uno de ellos. Mi nueva buena amiga nos ¡ENSEÑÓ A TOMAR MATE! Es como lo más emblemático de los argentinos y me enseñó una verdadera argentina. Créanme que ningún tour te haría vivir una experiencia parecida. Fuimos por cerveza patagónica y escuchamos Babasónicos y Cerati en un bar. Fue un día extremadamente cool y relajante. Más tarde, pretendí tomar un tour acerca de la huella alemana que existe en Bariloche, pero a medio tour me tuve que regresar al hotel porque los chocolates volvían a surtir efecto (jaja). Total, como chisme, dicen las malas lenguas que durante la Segunda Guerra Mundial, muchos nazis se refugiaron en Bariloche, incluso se dice que Hitler pudo ser uno de los refugiados, pero solo son ocurrencias ¿o será cierto?
15 de diciembre.
Día del regreso. No quedó más que disfrutar la ciudad una vez más, conocer otra chocolatería llamada Rapa Nui, visitar un pequeño pero muy interesante museo donde volví a ver guanacos y comer una extrañamente deliciosa hamburguesa vegana.
Ahora, haber vivido esta experiencia me hizo pensar mucho en el paraíso. Si estos paisajes terrenales son tan bellos, ¿cómo será el paraíso?
Estaba terminando mi aventura argentina, cerrémosla con broche de oro, de vuelta a Buenos Aires…