Michoacán – Día de muertos.

Estaba muy entusiasmado por vivir una nueva experiencia que, si bien es una tradición mexicana muy conocida a nivel internacional, se ha ido perdiendo con el paso del tiempo en muchos lugares y familias. Por lo cual, ir al epicentro de esta celebración pretendía en mí retomar esta tradición tan colorida, característica y emocionante que es el Día de Muertos en Michoacán.

Bueno, era eso y que quería estrenar mi nuevo lente fotográfico, al que le dedicaré una publicación aparte donde hablaré de él. https://bhblog.mx/sony-fe-70-200mm-f4-macro-g-oss-%E2%85%B1/

Empezando la aventura en Morelia, donde solo recuerdo haber estado una vez y que definitivamente me hace falta estar tres, cuatro, cinco y más veces, ya que es una ciudad que ofrece muchísimo, pero no es aquí donde se vivió la aventura. En realidad, fue un recorrido donde visitamos lugares tan emblemáticos para esta celebración como lo es: Tzintzuntzan, Janitzio, Cápula, Santa Fe de la laguna (¿por qué en todos lados hay un Santa Fe?), Quiroga, Patzcuaro y muchos panteones.

Espero poder recordar el orden del recorrido, el inicio si lo recuerdo, ya que fue el traslado a la isla de Janitzio y haciendo una mención importante al maravilloso atardecer que nos dio el Sol cuando íbamos navegando en lancha hacia la Isla .

Al llegar a la Isla, se me vinieron recuerdos de Vietnam (aquí corté definitivamente con mi ex). Recordé la llegada pero había algo nuevo, el panteón decorado con el tradicional Cempasúchil y con una atmósfera digna de vísperas de Día de Muertos, era el inicio perfecto de una buena aventura: panteones, iglesias, cempasúchil y aroma a copal… y claro, el misticismo que envuelve todo esto.

Creo que me hubiera gustado adentrarme más en el contexto que hay detrás de toda esta celebración y conocer la relación de la religión católica y la mezcolanza con las creencias purépechas, pero me dediqué más a llenar mi cerebro de nostalgia.

Siendo Janitzio el primer panteón que visitamos, tocaba el turno de Tzintzuntzan, un panteón más grande y más lleno de vida (cofcof). Honestamente, era difícil imaginar todas las historias de muerte, familias, tragedias, tiempo (poco o mucho), tristeza y, ¿por qué no? Celebración mientras caminábamos por las tumbas de todas esas personas que alguna vez, como nosotros, respiraron el mismo aire y que ahora se encuentran en un lugar que a todos nos espera.

Bueno, creo que era hora de despejarnos un poco de panteones y adentrarnos más en las artesanías, visitando un mercado lleno de ¡Catrinas! Sí, ese personaje del que seguro te disfrazaste alguna vez en la vida, donde el highlight (en inglés porque gentrificación) fue ver el proceso de creación de una catrina, con el maestro Carlos Ayala, quien nos explicó el trabajo artesanal que implica el manejo del barro, hasta la creación de texturas, secado, pintura, etc.

Después de ver mis sueños rotos por saber que no podré hacer una catrina porque tengo cero manos de artesano, nos dirigimos a Santa Fe de la Laguna, una comunidad donde de plano la nostalgia me llegó al full, ya que en esta comunidad tú puedes ir paseando por el pueblo y entrar a las casas adornadas de la gente que pone sus ofrendas a sus seres queridos y te reciben con mucha calidez humana. Incluso te invitan a comer, platicar, beber algo y disfrutar de la compañía. ¿Y por qué mi nostalgia? Caminar por este pueblo me recordó a mi infancia, las decoraciones que tenían en sus casas eran las mismas decoraciones que llegué a ver en casa de mis abuelos, era como haber viajado a cuando tenía 7-8 años, realmente me sentía muy triste. Pero bueno, una parte chistosa de esta historia fue que al recordar las casas de mis abuelos, me resultó curioso que fuera tan similar la decoración, así que procedí a marcarle a mis papás y ¡OH SORPRESA! Tanto mis abuelos de parte de mi papá como de mi mamá ¡Eran de Michoacán! Ya decía yo que estas tradiciones, sí, las tenía en el olvido, pero en mi memoria siempre estuvieron, por lo que decidí, gracias a este lugar, que todos los años de lo que resta de mi vida, colocar una ofrenda a todos mis seres queridos que ya se me fueron.

Aquí hacemos una pequeña intermitencia y mención DE HONOR, CLARO QUE SÍ, a las carnitas de Michoacán, esas que por años quise probar y que por fin se me hizo, en la gran localidad de Quiroga, unas carnitas llamadas “Carmelo”, uuffff, ¡qué delicia!, pero sigamos… Regresando a los panteones, esta vez fue el turno de visitar San Jerónimo de Purenchécuaro. Los panteones anteriores los visitamos en la penumbra de la noche, pero aquí nos tocó con esa luz azul fría digna de panteón.

A decir verdad, empecé a pensar que ya era suficiente con los panteones, claro, todos y cada uno tenían su encanto particular, pero pensé, ¿más panteones? Y la sorpresa de la noche no fue un panteón en sí, fue la belleza tan única de este, el panteón Arocutín, donde ya había caído la noche, pero las luces de las velas cálidas y al fondo una iglesia que su mismo deterioro le daba mucho encanto y las campanadas de ella tocando creaban una atmósfera de celebración. Aquí sí era eso, una mera celebración.

En este panteón buscaba el mejor spot porque, como recordemos, una de mis intenciones fue tomar fotografías, por lo que me moví de un lado a otro hasta que me di cuenta de que podía subir al campanario, donde incluso le pregunté al campanero la secuencia de cuando tocaba las campanas y me confesó que las tocaba cuando él quería (igual me estaba albureando, pero lo escuché muy serio). Al final me dejó estar en el campanario y logré tomar una foto panorámica, que si bien no es la mejor, la sentí única.

Aún nos quedaba un panteón más que visitar y ya el cansancio era notable, pero quedaba energía para el panteón de Tzurumutaro, en Patzcuaro. Considerando la densidad de visitas que recibe Paztcuaro en estas fechas, el panteón no estaba tan lleno y se pudo disfrutar caminar por las tumbas, así como en sus alrededores los puestos de comida. A mi parecer, era un panteón más “turístico”. Recorrido el panteón, concluyó mi aventura por panteones.

Al igual que Guanajuato, Michoacán vive una ola de violencia que ha perjudicado mucho el turismo. Personalmente, yo realicé esta aventura con un grupo de fotógrafos (a los que les haré su mención honorífica) por la misma seguridad que brinda ir en grupo. Pero qué alegría da ver que la gente sigue siendo tan receptiva y feliz, que al igual que en muchas regiones, las adversidades no son nada para contrarrestar las tradiciones, el trabajo, el amor por el arte y que una tradición que se ha convertido en un hito cultural internacional, aún conserve esas raíces ancestrales llenas de color e inspiración. Por lo cual, es una experiencia que recomiendo vivir por lo menos una vez en la vida y, si te es posible, llevar esta tradición a donde quiera que vayas, representándolo con una ofrenda conmemorando a los que ya no están con nosotros.

Quiero agradecer especialmente a esa gente que ya no está con nosotros, ya que ellos son la principal inspiración de esta tradición y que me ha hecho pensar que quizás la muerte al final no sea tan mala. La muerte nos convierte en recuerdos y los recuerdos siempre nos mantendrán vivos. Creemos siempre buenos recuerdos en la memoria de los que nos rodean.

Muchas gracias a Fotoexplora por la gran experiencia, la enseñanza y la aventura.

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